Abro la puerta con la misma emoción con la que despertaba los 25 de diciembre por la mañana. Afuera sé que me espera una carta, desconocida hasta hace algunas horas para mí. La carta tiene como ciudad de remitente Concepción y me late fuerte el corazón al leer el nombre escrito en el sobre.

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El primer año que paso en mi trabajo lo hacemos prácticamente todo virtual. Por eso, me demoro más tiempo del normal en conocer -y hacerme amiga- de mis compañeras. Una vez al mes nos vemos en alguna reunión del trabajo y compartimos cervezas mientras hablamos de la carga laboral, de cómo es trabajar con tal o cual jefe o intentamos adivinar quién es la persona que ese mes tiene más ganas de renunciar.

Cuando llega marzo, y con eso el retorno a la oficina, comenzamos a vernos más las caras y armamos un grupo infalible. Tenemos lo que en no monogamias se denomina Energía de Nueva Relación (ENR): Durante un par de meses nos vemos todos los fines de semana. Salimos a tomar, salimos a bailar, nos quedamos hasta más tarde en la cocina de la oficina conversando. Allí, en horas extra de nuestra jornada laboral, empezamos a conocernos las unas a las otras y nos damos cuenta de que tenemos muchas cosas en común.

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La Toña reenvía al grupo de Whatsapp que compartimos una foto con corazones, estampillas y un ícono de buzón de correo, acompañada del texto “Nanai Snail Mail Club: Club de correspondencia entre mujeres”. En el texto nombran a Elena Caffarena, Gabriela Mistral, Silvina Ocampo, Emily Dickinson, Sylvia Plath y Alejandra Pizarnik. En el texto dice: Todas estas mujeres encontraron en la correspondencia un espacio para sentir. Relleno un cuestionario corto y de esa forma me uno a un grupo de cerca de 50 mujeres decididas a escribirse cartas en Chile.

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A la Toña, la Charly y a mi nos asignan una tarea latera en el trabajo. Por eso, para coordinarnos, creamos un Whatsapp con el nombre del proyecto. Lo que empieza siendo envíos de información, pasa rápidamente a ser un espacio para envíos de Tiktoks, fotos del día a día y descargas emocionales. El chat se convierte en un refugio al que acudir cuando sentimos que estamos perdiendo la batalla para convertirnos en “adultas funcionales” y también en una instancia bonita en la que demostrar y recibir afecto. En pocas palabras, el chat termina de cimentar nuestra amistad.

Aprendemos con el paso de las semanas a identificar cuando una necesita un respiro - ¿Nos vamos a hacer un café? - y también nos acompañamos en los momentos importantes. Nos alegramos cuando a la Charly la aceptan en el diplomado al que tiene muchas ganas de postular. También cuando la Toña se independiza y se va a vivir por primera vez a un departamento luminoso. Son ellas quienes me dicen “te lo mereces” cuando, después de meses, me dan por fin el ascenso que pedí. Aprendemos con el paso del tiempo a estar en las buenas, pero también en las malas: En nuestro chat se guardan historias de desamor, problemas familiares y la sensación momentánea de que las cosas no tienen mucho sentido.

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Después de la ducha abro con cuidado la carta y leo las palabras que aparecen en ella. Me sorprende el cariño que mi penpal -la forma en que llaman a tu compañera de letras en el club- decora la carta. Días después mientras releo con ternura intento imaginármela escogiendo el sticker para cada párrafo y recortando cartulinas con dibujos de acuarela para hacer más bonito el envío. Es viernes cuando por fin tengo tiempo para ir a comprar papel rosado y un par de sobres. Es 8 de marzo la fecha que pongo en la esquina superior derecha cuando empiezo a escribir.

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Cuando ocurrió el mayo feminista en 2018 yo estaba en la universidad. Tenía una energía diferente a los 20 años y escuchar de pronto que la experiencia de otras mujeres, similar a la mía, también podía ser activismo, revolucionó mi mundo. Aunque ya conocía el feminismo y me sentía parte del movimiento, recién ese año escuché consignas como “lo personal es político” y “democracia en el país, en la casa y en la cama”. Recién ese año me di cuenta de que no había por qué tender la ropa sucia en privado: Que eso que nos pasaba a mí y a mis amigas, en realidad nos pasaba a casi todas.

Algo que se habló mucho ese año fue sobre la crítica al amor romántico. El mayo feminista, que había nacido como denuncia por situaciones de acoso dentro de las universidades, tocaba fibras sensibles. Era imposible negar que muchas habíamos experimentado vulneraciones y machismo en nuestras relaciones de parejas. Podían ser “cosas chicas”: Un pololo al que le disgustaba el tamaño de tu falda o que salieras a bailar con amigas. También había cosas peores. Empezamos a cuestionar el amor de pareja -heterosexual, monógamo, para toda la vida- como el único camino para realizarnos como mujeres y nos dimos cuenta de algo que siempre había estado ahí.

Saber que existe más amor que el que te entrega una pareja fue volver a poner en valor el amor que me entregaban otros vínculos. Fue darme cuenta de que mis relaciones más largas no eran con personas a quienes besaba y con quienes celebraba meses, sino con amigas que conocía desde el colegio y quienes -sin falta- estaban allí conmigo, terminara o me pusiera a pololear.

Si hay algo que me regalo el mayo feminista no fue la sensación de justicia -todavía siento que falta tanto- sino entender que pasara lo que pasara, tenía a mis compañeras.

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Me siento en un café con vista a la calle a escribir. Pido un té helado, me pongo audífonos y comienzo mi misión. Pego stickers de gatos y pequeñas flores rosadas en la hoja. Luego escribo tanto que cuando pongo el punto final me tiritan las manos y el disco que estoy escuchando -Evermore, con 17 canciones- ya casi acaba. Luego camino hasta Correos de Chile y pido enviar una carta certificada. La chica que me atiende me pregunta si quiero una estampilla -Te va a salir lo mismo, me dice-. Elijo una de la Gabriela Mistral y lo considero una buena señal.

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Nos juntamos a las 6 en el departamento nuevo de la Toña y me tranquiliza saber que ya conozco el camino. Llego un poco pasada de la hora porque la sesión de terapia, originalmente de una hora, vuelve a extenderse a casi dos. Cuando llego nos reímos porque notamos que estamos todas vestidas igual: De negro con nuestro pañuelo verde al cuello. Nos internamos seguras en la multitud y gritamos los cantos que conocemos “No, no, no es no, qué parte no entendiste la N o la O”. Me dan ganas de llorar cada vez que veo a alguna niña saltando vestida de morado o alguna adulta mayor marchando con calma.